
Reconozco que eventualmente caí en el lugar común de etiquetar a la última generación, como nativa digital, por desenvolverse en el mundo actual hiperconectado
y en la sociedad digitalizada del «mobile first» y el «mobile only«. Grave error, mea culpa.
Desde hace algunos meses leo a algunos periodistas, sociólogos y demás científicos sociales, afirmar que los jóvenes de hoy distan de ser eso que se ha pretendido categorizar como «nativos digitales», porque si bien tienen temprano -inclusive prematuro- contacto con diversos artilugios tecnológicos e internet, con todo lo que ello implica; la mayoría hace un uso inadecuado e irresponsable de dichos recursos. En otras palabras, no tienen la menor idea de sus alcances y contraindicaciones.
Este problema surge también porque padres y representantes, proactivos en esto de las nuevas tecnologías, promueven su adopción cotidiana sin una debida orientación, pues muchos las subutilizan por igual o simplemente interactúan con ellas de manera errónea. Vemos entonces que el fenómeno se recicla.
Esto puede llegar a complejizar el panorama y plantear escenarios pavorosos. Está de más decir que internet alberga como grandes beneficios, grandes riegos y peligros. Ahora bien, tampoco es la idea demonizar a los smartphones, redes sociales, recursos digitales, etc., no. La idea, como en sus últimos días advirtió el propio Zygmun Bauman, es tomar plena y verdadera consciencia de las implicaciones al respecto.
Pero quitando un poco el tono melodramático del párrafo anterior, una anécdota propia puede permitirnos comprender en qué medida hemos sobredimensionado el fenómeno de los «nativos digitales»:
Hace unos días un grupo de alumnos de primer año de Periodismo de la Universidad donde desarrollo mi investigación doctoral, me abordó para preguntarme cómo hacer un streaming por Facebook, pues consideraban que sería una herramienta útil de cara a un proyecto radial que querían emprender.
Al principio me sentí confuso ante la pregunta, pues me resultaba imcomprensible que un grupo de jóvenes, cuyas edades están comprendidas entre los 19 y 21 años, que tienen la app de dicha red social instalada en el móvil, de la cual dicen hacer un uso profuso; acudieran a mí para dicha orientación.
De hecho, tuve que parecer idiota ante tan simple interpelación, porque tuve que pedir que me la repitieran. Pero una vez dadas las intrucciones correspondientes, y ver que los protagonistas de este relato estaban satisfechos con ellas, me resultó imposible no quedarme pensando al respecto.
Dos consideraciones saltaron rápidamente a mi cabeza: la primera, que erróneamente uno asume que el update (por recurrir a un término propio del tema que abordamos) de los jóvenes va obligatoriamente al unísono al de los recursos digitales y tecnológicos. La segunda, que alguien haga uso de determinada herramienta o recursos tecnológicos no lo convierte en pleno conocedor de la materia, y mucho menos un experto.
Y sobre esto hay dos líneas de acción educativa: en la casa y en la Academia. Tenemos el deber de formar y no de asumir, que porque estos nuevas generaciones nacen rodeadas de todas estas herramientas y facilidades tecnológicas, poseen destrezas innatas para explotarlas al máximo.
Por todo ello creo que los «nativos digitales» tienen más de mito y de errónea concepción social, que de realidad. Por tanto, debemos corregir el sobredimensionamiento que le hemos dado, así como atenuar esa manía contemporánea de ponerle un nombre a todo lo que sucede a nuestro alrededor y en nuestras vidas.